No las tetas grandes de actriz porno a punto de caer de cara, vencida por la gravedad de sus implantes, sino, por ejemplo, las tetas de Salma Hayek. En realidad, lo que me gusta es el escote de Salma Hayek, ya que aún no tengo el gusto de conocer sus tetas.
Y si me apura, señor editor de DONJUAN, quizá lo que me gusta no son las tetas grandes, sin ánimo de cagarle el texto que usted me pidió, sino los escotes grandes, perfectos y serviles, que miren hacia abajo a manera de pirámides invertidas, pervertidas, divertidas, y de los que siempre asomen sin pudor las tetas de Salma Hayek.

O podrían incluso no ser las tetas de Salma Hayek. Al buen admirador de tetas, vademécum callejero de la fisonomía superior femenina (la cara no importa), le basta con que su heroína, cualquiera que esta sea, cumpla con la debida proporcionalidad cuerpo-tetas-escote. Y con que la gravedad, maldito Newton y su puta manzana, no haya hecho aún su trabajo.
Me explico a continuación.
Salma Hayek, para seguir con el ejemplo, es algo enana como Eva Longoria, Scarlett Johansson o Lionel Messi -este último sin tetas, pero con plata-, y sin embargo luce cierta anchura de cuerpo que le permite presumir del tamaño de sus tetas: grandes y firmes, en el punto perfecto de madurez que los sibaritas llaman “al dente”. Tetas dispuestas a todo, pero a la vez tímidas y oprimidas, jamás reprimidas por ese escote del que ya hablé líneas arriba.
Tetas suicidas.
Tetas kamikazes.
Tetas medusa.
Tetas que saben de lo que son capaces, pero que permanecen agazapadas en su trinchera, mostrándose lo suficiente, eso sí, como para recibir el balazo del prójimo más próximo. Porque así como la esencia de un cuento radica en lo que no se dice, en unas buenas tetas la clave siempre está en lo que no se exhibe.
El gran escote es la invitación. El salón VIP está reservado para pocos.

Salvo el vodka, nada es absoluto.
Debo confesar, entonces, que también me gustan las tetas grandes sin escote, y quizá tanto como el gran escote sin grandes tetas. Todo depende del estado de ánimo o de la calidad de la película. Ese tridente de la debida proporción cuerpo-tetas-escote, bien podría resumirse en parejas, sin que el orden de los factores altere el producto.
A) Un buen cuerpo y un buen escote no precisan de unas grandes tetas.
B) A unas tetas grandes en un gran escote no le hacen falta un buen cuerpo.
C) Un buen cuerpo con grandes tetas, ¿acaso no es mejor si le arrancamos de una vez la ropa, con todo y escote?
En ese último caso, ya con las grandes tetas agitándose al viento, segundos antes de ser probadas por el experto catador de tetas, me inclino -literalmente me inclino- por los frutos naturales, sin preservantes, edulcorantes ni siliconas. Y me imagino su desilusión, señor editor, ya que este fino papel couché sabe tanto de buenos escritores como de célebres cirujanos.
No lo juzgo.
En el terreno de las tetas de seguro usted está más calificado que yo, pero soy un talibán de lo natural y prefiero jugar al fútbol con un balón de cuero que con la jabulani, y no sé si me entiende.
Por eso las tetas de Salma Hayek -o tres cuartas partes de ellas, lo que su escote deja ver- siguen siendo un buen ejemplo para ilustrar mi elogio. Allá aquél que se deleite con un par de polímeros inodoros e incoloros hechos principalmente de silicio. El mundo no me da la razón,pero yo prefiero las tetas grandes, los pies pequeños y la ausencia de bisturí.
Así las cosas, dejemos de irnos por las ramas y vayamos al núcleo del asunto. No se pueden elogiar las buenas tetas sin dedicarle unas líneas al pezón. La palabra es fea: pezón. Si no fuera la punta de una teta, bien podría ser algo que sirva para tapar una cañería o, no sé, para herir de muerte al enemigo: cargué el arma con dos pezones y le disparé a sangre fría.
Pezón. La parte que más me gusta de una teta no puede tener un nombre así de tosco. Los distinguidos caballeros de la Real Academia de la Lengua, seguro no han usado la lengua con imaginación. Tampoco me gusta como suena “tetilla” y mucho menos “mamelón”. De esta última palabra no tenía conocimiento, pero aparece, como un mamelón, que podría ser una mancha de melón o sandía, en mi diccionario de sinónimos.
Distinguidos señores de la Real Academia de la Lengua, váyanse al carajo.
No me imagino a una chica, agraciada ella, gritándole al vecino de enfrente, en medio de los vapores de un gimnasio de barrio.
-Oiga usted, deje de mirarme los pezones.
Ni a otra menos recatada, más puta, más honesta.
-Chúpame los pezones, corazón.
O tal vez sí en una triple equis, el único espacio donde las palabras feas anteceden le petit mort. En la vida real, sin embargo, los pezones coronan las buenas tetas, y tetas grandes y pezones carnosos, afilados, terracota, conviven en perfecta armonía y pasan a llamarse, sencillamente, tetazas.
En el conjunto está la peculiaridad. Como las huellas digitales, ninguna tetaza se parece a la otra. Y esa sí es una palabra que le hace honor a las tetas. Al menos en el Perú, mi país, la cosa es así.
Al peruano promedio no le gustan las tetas, sino las tetazas. Tetazas separadas por ese espacio vacío y hondo, el cañón de carne donde cabe y se acomoda, por decir algo, una nariz.
Me gustan, entonces, las tetazas.
Con escote o sin él, dependiendo del día y de la mujer. Porque en este asunto no hay que ser más tetistas que el Papa: las monjas también tienen tetas y en terrenos oscuros, peludos, prefiero no entrar.
Tetas de hermana.
Tetas de abuela.
Tetas de parienta lejana, fea y sin tetas.
Pero no crea usted, señor editor, que por escribir estas líneas elogiando las tetas soy proclive a sucumbir a las primeras que se me pongan al frente.
-Tenga la amabilidad de tocarme las tetas.
No. Soy débil, pero no de corazón.
Me gustan las tetas grandes, sí, como a cualquiera, pero las únicas tetas que quiero tocar no son las de Salma Hayek, sino las de mi esposa.
Por Daniel Titinger_ Fotografía: Álex Mejía_  Modelo: Carolina Jimenez_ Revista Don Juan Colombia